Masculinidades hegemónicas: cuando la idea de “ser hombre” se construyó desde el poder, el control y la violencia
- Angela Jimenez
- 27 may
- 4 min de lectura

Masculinidades hegemónicas
Durante siglos, la sociedad enseñó a los hombres cómo “debían” comportarse para ser considerados verdaderamente masculinos.
Ser hombre significaba:
no llorar,
no mostrar miedo,
ser fuerte,
ser proveedor,
tener autoridad,
dominar emocionalmente,
imponer respeto,
controlar el hogar,
y demostrar poder frente a otros hombres.
Mientras tanto, a las mujeres se les asignaba el rol del cuidado, la obediencia, la sensibilidad y la vida doméstica.
Estas ideas no surgieron de manera natural. Fueron construidas históricamente dentro de sociedades patriarcales donde el poder masculino era considerado legítimo y superior.
¿Qué son las masculinidades hegemónicas?
El concepto de masculinidad hegemónica fue desarrollado por la socióloga australiana Raewyn Connell para explicar cómo existe un modelo dominante de masculinidad que históricamente ha sido presentado como “la forma correcta de ser hombre”.
Este modelo no solo define cómo debe verse un hombre, sino también:
cómo debe hablar,
cómo debe relacionarse,
cómo debe ejercer autoridad,
cómo debe reaccionar emocionalmente,
y qué conductas son aceptadas socialmente como masculinas.
Durante mucho tiempo, estas masculinidades fueron asociadas con:
el poder,
la dureza,
el control,
la agresividad,
la competitividad,
y la dominación.
El origen histórico de estas ideas
En muchas sociedades antiguas, el hombre era considerado la máxima autoridad dentro de la familia y la vida pública.
Las mujeres, por el contrario, eran vistas como dependientes del padre o del esposo. No podían votar, estudiar, administrar bienes ni tomar decisiones importantes sobre su vida.
Mientras los hombres ocupaban espacios de política, guerra, economía, religión, y liderazgo, las mujeres eran relegadas al hogar y al cuidado.
Desde niños, los hombres aprendían que debían prepararse para proveer, proteger, competir, y ejercer autoridad.
La masculinidad empezó entonces a relacionarse con la idea de superioridad, control y dominio. En muchos contextos, incluso la violencia era vista como una forma legítima
de demostrar poder masculino.
“Los hombres no lloran”: la masculinidad y la represión emocional
Uno de los mandatos más fuertes de las masculinidades hegemónicas fue enseñarles a los hombres que sentir era una debilidad.
Muchos crecieron escuchando frases como:
“Los hombres no lloran”.
“Pareces una niña”.
“Compórtese como hombre”.
“Sea fuerte”.
“No muestre debilidad”.
Como consecuencia, generaciones enteras de hombres aprendieron a:
reprimir emociones,
guardar tristeza,
ocultar ansiedad,
evitar pedir ayuda,
y expresar frustración únicamente a través de la rabia o la agresividad.
Esto no solo afectó sus relaciones de pareja y familiares. También impactó profundamente su salud mental.
Hoy sabemos que muchos hombres tienen dificultades para:
hablar de sus emociones,
reconocer el dolor emocional,
pedir ayuda psicológica,
o construir vínculos afectivos saludables.
El autocuidado también fue visto como “poco masculino”
Durante mucho tiempo, el cuidado del cuerpo y la salud fue asociado culturalmente con lo femenino.
Muchos hombres crecieron creyendo que:
ir al médico era innecesario,
expresar dolor era debilidad,
hacerse chequeos preventivos era exagerado,
y que debían “aguantar”.
Como consecuencia, miles de hombres llegan tarde a diagnósticos médicos que podrían haberse prevenido o tratado a tiempo.
En Colombia y en muchos países del mundo, los hombres suelen acudir menos a controles médicos preventivos y presentan mayores índices de mortalidad por:
enfermedades cardiovasculares,
hipertensión,
diabetes,
cáncer detectado tardíamente,
consumo problemático de alcohol,
y suicidio.
La presión constante por mostrarse fuertes y autosuficientes también termina afectando su bienestar físico y emocional.
La masculinidad asociada al control en las relaciones de pareja
Las masculinidades machistas también enseñaron que el hombre debía tener autoridad dentro de la relación y el hogar.
Durante años se normalizaron ideas como:
que el hombre “mandaba”,
que la mujer debía obedecer,
que él podía controlar las decisiones,
revisar amistades,
controlar la ropa,
los horarios,
el dinero,
o incluso la sexualidad de su pareja.
Muchas conductas violentas fueron justificadas culturalmente bajo frases como:
“La cela porque la ama”.
“Así son los hombres”.
“Él mantiene la casa”.
“Tiene derecho a decidir”.
Esto ayudó a normalizar múltiples formas de violencia psicológica, económica, física y sexual dentro de las relaciones.
La violencia masculina también afecta a otros hombres
Las masculinidades hegemónicas no solo impactan a las mujeres. También generan dinámicas violentas entre los propios hombres. Muchos crecieron aprendiendo que debían:
imponerse,
demostrar superioridad,
responder agresivamente,
defender el “honor”,
y no “dejarse” de otros hombres.
Por eso, gran parte de las riñas, agresiones y homicidios en el mundo ocurren entre hombres. Muchas peleas relacionadas con ego, orgullo, control territorial, competencia, o demostraciones de poder, tienen raíces en estos modelos de masculinidad basados en la dominación y la violencia.
El problema no es “ser hombre”
Hablar de masculinidades hegemónicas no significa decir que ser hombre sea algo negativo.
Tampoco significa que un hombre no pueda:
ser proveedor,
proteger a su familia,
ejercer liderazgo,
o sentirse masculino.
El problema aparece cuando la masculinidad se construye desde:
el control,
la imposición,
la violencia,
la superioridad,
o la incapacidad de expresar emociones.
Hoy cada vez más hombres están cuestionando estos modelos y construyendo formas más sanas de vivir la masculinidad.
Hacia nuevas masculinidades más saludables
Las nuevas masculinidades buscan que los hombres puedan:
expresar emociones sin vergüenza,
cuidar su salud física y mental,
participar activamente en la crianza,
construir relaciones igualitarias,
resolver conflictos sin violencia,
y vivir su masculinidad sin necesidad de dominar a otros.
Ser hombre no debería implicar reprimir emociones, asumir violencia como lenguaje o vivir bajo presión constante. Construir masculinidades más saludables también salva vidas.
Reduce:
la violencia contra las mujeres,
la violencia entre hombres,
los problemas de salud mental,
y las muertes prevenibles relacionadas con el miedo a pedir ayuda.
Porque la verdadera fortaleza no está en dominar. Está en cuidar, respetar, expresar emociones y construir relaciones más humanas.



Comentarios